Los efectos de la irrigación no siempre son positivos, segundo un nuevo estudio publicado en ‘Nature Reviews Earth and Environment’. En este trabajo, un equipo de investigadores mira de dar información que ayude a hacer un uso más sostenible de la agua y que sea compatible con la producción de alimentos en el futuro, evaluando qué son los impactos del riego en cada caso.
El uso más habitual del agua al mundo
A día de hoy, la irrigación, que se usa básicamente para usos agrícolas, supone aproximadamente el 70% del agua que se extrae de los ríos, los lagos y otras fuentes y aproximadamente el 90% del agua que se usa en el mundo. Según los cálculos, hay más de 3,6 millones de kilómetros cuadrados de cultivos de regadío al mundo, una parte relativamente pequeña de la superficie del mundo pero que tiene un impacto importante en el medio ambiente y el clima de las regiones donde hay este tipo de agricultura, especialmente a las zonas donde esta práctica es más extensiva.

Sin embargo, también es cierto que los cultivos de regadío producen, aproximadamente, el 40% de los alimentos del mundo y, por lo tanto, no se puede prescindir fácilmente. El que sí que se puede hacer, y es el objetivo de este estudio, es entender la complejidad de sus efectos para poder tomar medidas que permitan obtener los beneficios y, a la vez, reducir los impactos negativos.
Consecuencias de los regadíos en el medio ambiente y el cambio climático
Es por eso que, a pesar de que hay estudios locales sobre algunos de los efectos de los regadíos, un equipo de casi 40 investigadores de ocho países han analizado más de 200 para ver tanto los impactos que se sufren en el presente como, también, el que puede haber en el futuro, y también poder tener en cuenta exactamente cuáles son los principales beneficios, si hay, que aporta la irrigación.
De entrada, el riego puede hacer bajar sustancialmente las temperaturas durante el día, pero también cambian el ciclo del carbono y el nitrógeno de los ecosistemas agrarios. Así, si por un lado ayudan a evitar el calor más extremo, el riego también puede aumentar la humedad de la atmósfera y promover la liberación de gases de efecto invernadero. Además, según la zona, la estación y los vientos, el regadío también puede afectar la frecuencia y la cantidad de las precipitaciones.

Desde el punto de vista humano, además, el regadío usa unos 2.700 kilómetros cúbicos de agua dulce cada año y, en muchas zonas, esto reduce la disponibilidad de recursos hídricos, especialmente de agua subterránea, y también contribuye a que algunos productos usados a la agricultura, como los fertilizantes o los pesticidas, vayan a parar a ríos y lagos que son fuente de agua de boca.
Una mejor comprensión para poder proponer medidas
Por todo ello, y como conclusión, los investigadores proponen maneras de mejorar la manera como se evalúa la irrigación, para conseguir métodos mejores y que permitan mejorar el uso del agua y la producción de alimentos y hacerlos más sostenibles. Con más datos y una comprensión más profunda, los científicos podrían investigar las interacciones entre todos los factores implicados y, así, ayudar a mejorar la agricultura de regadío a la vez que se reducen los impactos.


