Los efectos de un desastre natural no desaparecen necesariamente cuando termina la emergencia. Después de una inundación, un incendio, un terremoto o una ola de calor, el aire puede continuar arrastrando durante días o semanas polvo, partículas, moho, humo u otros contaminantes procedentes de edificios e infraestructuras dañadas. La Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) alerta que estas exposiciones pueden afectar la salud respiratoria y reclama que la protección de los pulmones se incorpore también a los planes de recuperación y reconstrucción.
El riesgo es especialmente importante para las personas con asma, EPOC y otras enfermedades respiratorias, pero no se limita a estos colectivos. Las personas que participan en las tareas de limpieza, retirada de escombros, reparación de edificios o reconstrucción pueden estar expuestas durante períodos prolongados a concentraciones elevadas de polvo, moho, humo y otras sustancias potencialmente perjudiciales. Una revisión publicada recientemente en European Respiratory Journal ha analizado los efectos respiratorios asociados a los desastres naturales y apunta a un aumento del asma, las hospitalizaciones por EPOC y otros problemas respiratorios. Los autores también señalan el papel que pueden tener los contaminantes químicos, las partículas y los agentes biológicos durante y después de estos episodios.

El riesgo no siempre desaparece
Uno de los ejemplos más claros son las inundaciones. Aunque el agua ya se haya retirado, la humedad acumulada en los edificios puede favorecer la aparición de moho, mientras que las tareas de limpieza y retirada de materiales pueden volver a poner partículas en suspensión. En los incendios ocurre algo similar. La extinción de las llamas no implica necesariamente que el aire esté libre de contaminantes, especialmente en espacios afectados por el humo o en edificios que han quedado dañados. En el caso de los terremotos, la retirada de escombros y la demolición de estructuras pueden generar grandes cantidades de polvo durante las semanas posteriores. “Para los pulmones, la exposición puede continuar mucho tiempo después”, explica SEPAR, insistiendo que las personas que trabajan en la recuperación de una zona afectada no deberían considerar que el riesgo ha desaparecido solo porque ya ha pasado el peligro.
La reconstrucción también implica proteger los pulmones
Las medidas de protección son especialmente importantes para las personas con enfermedades respiratorias previas. El asma y la EPOC pueden aumentar la sensibilidad ante determinados contaminantes ambientales, el polvo o el moho. Las recomendaciones sanitarias internacionales también incluyen evitar espacios con presencia de moho y utilizar protección respiratoria cuando se llevan a cabo tareas de limpieza tras inundaciones. Las temperaturas extremas añaden otro factor de riesgo. Las olas de calor pueden agravar las enfermedades respiratorias y favorecer episodios de contaminación atmosférica, especialmente cuando coinciden con otros factores ambientales.

Ante este escenario, SEPAR reclama que los planes ante fenómenos extremos no se centren únicamente en la respuesta inmediata. En este sentido, se debe controlar la calidad del aire durante la recuperación, identificar las posibles fuentes de exposición y establecer medidas de protección para las personas que intervienen en la limpieza y la reconstrucción. La idea es ampliar la perspectiva sobre qué significa recuperar una zona afectada, garantizando que las condiciones ambientales sean seguras para volver a vivir y trabajar. En un contexto de aumento de los episodios meteorológicos extremos, la protección de la salud respiratoria pasa así a formar parte también de la respuesta ante emergencias ambientales.
