La riada mortal que golpeó el Himalaya el pasado 26 de agosto comenzó con un gran colapso de roca y material glaciar que liberó una energía equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2. Así lo concluye un estudio internacional liderado por investigadores de Nepal y publicado en la revista científica Seismica, en el que ha participado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El equipo ha reconstruido la secuencia del desastre a partir de los datos de diversas redes sísmicas, que registraron las vibraciones generadas por el desprendimiento y por el posterior avance del agua.
Según el estudio, el colapso principal se produjo a las 02.52.16 h UTC. La masa movilizada se estima en unos 100 millones de metros cúbicos, formada sobre todo por roca y material procedente de los glaciares. La inundación posterior sorprendió a personas en la frontera entre el Tíbet y Nepal y habitantes del valle del río Trishuli. En el primer tramo analizado, el flujo superó los 165 kilómetros por hora. El desastre dejó una grave afectación humana y material. Según los últimos datos que se conocen, las autoridades nepalesas han recuperado los cuerpos de al menos 1.455 personas, mientras que 5.285 continúan desaparecidas. El gobierno suspendió la semana pasada las tareas de búsqueda para concentrar los recursos en la reconstrucción, una decisión que provocó protestas de familiares de las víctimas.

Las vibraciones llegaron hasta la península Ibérica
La fuerza del fenómeno quedó registrada mucho más allá de las zonas afectadas. Las vibraciones asociadas al movimiento del agua se mantuvieron durante horas y fueron detectadas por estaciones situadas a más de 100 kilómetros del río. Las ondas sísmicas generadas por el desastre también se observaron a escala planetaria. Concretamente, a distancias superiores a los 19.000 kilómetros.
Jordi Díaz, investigador del CSIC en Geociencias Barcelona (GEO3BCN), ha analizado las ondas que se registraron en la península Ibérica a través de las redes del Instituto Geográfico Nacional (IGN) y del Instituto Cartográfico y Geológico de Cataluña (ICGC). Los datos demuestran que los sismómetros pueden aportar información valiosa no solo sobre terremotos, también en casos de grandes deslizamientos y inundaciones súbitas.

Señales antes del colapso
El análisis también ha identificado más de 60 eventos sísmicos durante las dos semanas anteriores a la catástrofe. Uno de ellos se registró solo 17 minutos antes del colapso principal y liberó una energía equivalente a la de un terremoto local de magnitud 2,5. Si bien aún no pueden determinar si estas señales estaban relacionadas con movimientos previos, los investigadores reivindican el potencial de las redes sísmicas regionales para vigilar fenómenos de este tipo y activar alertas tempranas. Disponer de estos datos podría ayudar a detectar situaciones de riesgo y avisar con tiempo a las poblaciones expuestas.
