Un nuevo estudio publicado en la revista ‘Scientific American’ y elaborado por un equipo de investigadoras de los Estados Unidos desmonta la teoría de los roles de género de los humanos prehistóricos. Después de analizar la división del trabajo en base a los restos arqueológicos, determina que no hay ninguna prueba concluyente que las tareas se asignaran en base al sexo, acabando con una idea aceptada durante muchísimo tiempo.
Una teoría muy conocida
La teoría clásica es sencilla y suficiente conocida: durante el Paleolítico, hace entre 2,5 millones de años y 12.000 años, los hombres cazaban y las mujeres eran recolectoras, una división del trabajo atribuida a diferencias anatómicas. Esta propuesta, además, también pose a los hombres, los cazadores, como impulsores de la evolución humana.

Una larga lista de razones para refutarla
Si bien ya había estudios anteriores que desafiaban esta idea, en este trabajo se ha revisado los restos y la literatura arqueológica disponibles y se ha concluido que no hay muchos indicios para defender una atribución de los roles sociales en base al sexo. Además, estudiando la fisiología de mujeres de la época, consideran que no solo eran perfectamente capaces de cazar sino que no hay nada que haga pensar que no lo hacían.
Las investigadoras encontraron ejemplos de igualdad de sexos en herramientas antiguas así como la dieta, el arte, las costumbres funerarias y la anatomía. El problema, afirman, es que los investigadores del pasado etiquetaron prácticamente todo lo que se iba descubriendo como masculino, sin pensar que las herramientas de piedra, por ejemplo, podrían haber sido fabricadas perfectamente por mujeres.

Las diferencias anatómicas refuerzan la idea de la mujer cazadora
Más allá, pero, el estudio también se fija en las supuestas diferencias anatómicas que dificultaban cazar a las mujeres. Según sus conclusiones, si bien los hombres tenían ventaja en actividades de velocidad y bastante, como por ejemplo esprintar y lanzar, las mujeres, fisiológicamente, eran mejores en actividades de resistencia, como por ejemplo correr mucho rato. Y todas estas actividades debían de ser esenciales para la caza al Paleolítico.
En este sentido, el artículo también subraya el papel de el estrógeno, una hormona más presente en las mujeres, en esta diferencia, puesto que puede aumentar el metabolismo de la grasa y dar a los músculos una fuente de energía más duradera e impedir que se deterioren. Los receptores de esta hormona, que la dirigen hacia el lugar adecuado del organismo, existen desde hace 600 millones de años.
Finalmente, hay otro indicio muy importante: si se analizan los restos de hombres y mujeres del Paleolítico, los patrones de traumas óseos son exactamente los mismos, indicando que llevaban a cabo las mismas actividades. Todo ello, pues, apoya a enmendar la llanura a una teoría, la de los hombres cazadores, que tampoco habría tenido mucho sentido práctico en una sociedad de grupos pequeños donde ser flexible y que todo el mundo pueda hacerlo todo es mucho más útil.

Nuestros prejuicios aplicados en el estudio de un pasado donde no existían
Si es tan claro que la división sexual del trabajo habría estado poco eficiente, pues, como es que se ha considerado vigente durante tanto de tiempo? Las mismas investigadoras consideran que los sesgos de género de los investigadores permitieron que la idea fuera aceptada e incluso pasara a la cultura popular, con los libros de texto, los museos, el cine y la televisión reforzándola.
Además, rematan, cuando investigadoras mujeres habían publicado investigación que apuntaba en el contrario, se las había ignorado, considerando que era ‘una crítica o una aproximación feminista’ y no, simplemente, un análisis de la información disponible desprovista de un sesgo que da siempre más protagonismo a los hombres. En este caso, cuando menos, la importancia fue la misma, como mínimo, hasta la aparición de la agricultura y la ganadería.


