Dicen que la edad no es más que una cifra, pero la idea de envejecer siempre nos ha traído de cabeza. La percepción que tiene cada cual es muy personal, y varía enormemente entre individuos y culturas, con un tinte más o menos optimista. Más allá de una cuestión puramente cronológica, encapsula una dimensión social y subjetiva que se escapa de definiciones estrictas. Quizás precisamente por eso ha sido una pequeña gran obsesión de la ciencia, que continúa hoy en día con infinidad de investigaciones científico-médicas que intentan entender qué es el envejecimiento, como se da en el ámbito celular y de qué manera se pueden prevenir las enfermedades asociadas a la edad. Por esta misma razón, el caso de la catalana Maria Branyas, que ha muerto esta semana y era la mujer más vieja del mundo, es estudiado por el catedrático de genética de la UB Manel Esteller, coautor del libro
En la misma línea se dirige el proyecto donde han participado investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) para la creación de una guía para la identificación de células envejecidas o células senescentes que se acaba de publicar en la revista
Identificar correctamente las células zombis
Es por eso que la caracterización de las moléculas y señales biológicas distintivas de las células senescentes, diferentes de las de las células proliferativas convencionales, es un elemento clave para el estudio de la senescencia y sus implicaciones. Hasta ahora se iba bastante a ciegas en la determinación de la senescencia, pero el proyecto internacional en el que colabora el CSIC pretende facilitar esta tarea, gracias a la elaboración de una guía básica que recopila los marcadores y características principales de las células zombis. La idea es que sea una guía utilizada internacionalmente en investigación básica del envejecimiento celular, que aspira a ser igual de útil que la famosa guía que Hanahan y Weinberg desarrollaron el 2011 para caracterizar y entender las células cancerosas.

En este sentido, la aportación del CSIC se suma a una avalancha de novedades en el estudio del envejecimiento que lo convierte en un campo de interés emergente en la biomedicina. Por ejemplo, sin ir muy lejos, hace solo unos meses, un estudio de la Universidad de Stanford colocó una etiqueta numérica en la vejez a partir del análisis de los niveles variables de miles de proteínas de 4.000 participantes de entre 18 y 95 años. Los investigadores pusieron nombre a tres oleadas de envejecimiento definidas de acuerdo con el aumento, primero progresivo y después exponencial, de proteínas relacionadas con enfermedades típicas de la vejez, definiendo los 34 años como el final biológico de la juventud y el inicio de la edad adulta, que perdura hasta los 60, cuando se empieza a envejecer. Pero no es hasta los 78 que, según los científicos americanos, se es oficialmente viejo.
Otros estudios han puesto el foco en el estudio de la microbiota intestinal de poblaciones que han demostrado ser extremadamente longevas, como la japonesa, o en la investigación exhaustiva de seres vivos que son considerados amortales. Se habla de amortalidad y no de inmortalidad, en cuanto que estos seres son capaces de vivir de manera indefinida, sin mostrar signos biológicos de envejecimiento o deterioro celular, pero continúan siendo formalmente mortales y pueden morir por otras causas diferentes de la edad. Algunos ejemplos son las hidras, pequeños invertebrados de agua dulce, con una gran capacidad para hacer volteretas, que pueden regenerarse eternamente gracias a una potente población de células madre, o las langostas americanas, que no envejecen y crecen indefinidamente durante toda su vida, viéndose obligados a renovar periódicamente el exoesqueleto que las recubre para sobrevivir y no colapsar dentro de su propia coraza.
